miércoles, 27 de agosto de 2008

pedazos de infancia.

Entonces yo salía de la pieza con mis cachetes colorados, y mi cintillo blanco con mariposas. Traía conmigo siempre a la “Alicia”, mi muñeca preferida, que tenía un sombrero rosado y el “Andrés”, que era un muñeco con cuerpo de trapo y brazos y piernas de plástico. Enseguida escuchaba a mi papá gritar desde la cocina: “la princesa se echó un perfume”. Era verdad. Hurgueteaba constantemente el maquillaje y los perfumes de mamá. Jugaba, como toda niña de esa edad a ser grande. Pero lo que más me llamaba la atención no era precisamente los maquillajes, si no los perfumes. Que olían a flores frescas, a pasto, a mañana, a lluvia, a dulces, a mamá. Entonces, con el más absoluto sigilo, tomaba un papel del cuaderno de recetas de mamá y guardaba los perfumes en ellos, que entraban en mi colección de objetos preciados, que traía conmigo siempre. Durante todo el día andaba pendiente de mi tesoro. Y papá se daba cuenta, y alardeaba diciendo que había olor a “princesita descubierta”.

Después de 16 años, siento nuevamente aquél olor. El perfume regalado por mamá es tan igual al de esos tiempos, que es imposible no recordar. Esta vez, voy donde papá me acerco a él y husmea detectando algo. “detecto un olor, pero no lo se describir”. La memoria olfativa de papá es más frágil de lo que pensaba.

- Son orquídeas papá. Respondí un poco alterada.

- y cómo lo sabes?

- porque durante años he seguido este olor. Y cuando lo detecto, siempre aparece el mismo recuerdo intacto.

- pero no me has respondido como lo sabes.

- ah, porque camine por un campo de orquídeas y me sucedió lo mismo.

Mi abuela a los lejos, comenta diciendo “esta ve mas con la nariz que con los ojos, deberías avisparte un poco más, cualquier día te van a hacer lesa".

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