domingo, 31 de agosto de 2008


el paraguas amarillo en el rincón de siempre.
5 fotografías a color y un dibujo incompleto esperando. el calendario del mes de julio intacto.
el reloj detenido en la hora de siempre. 20:51 hrs.
los cuadernos y libros ordenados.
la música que no me convence.
una película esperando y 7 llamadas nuevas en el teléfono sin revisar.
las llaves al frente mío.
partículas disueltas de un olor en las sábanas.
y una nueva crisis por venir.

miércoles, 27 de agosto de 2008

parece que siempre la memoria está empapada de nostalgia.





Me transformo en otras cosas.
Objetos por lo general.
El tiempo de andar en micro lo ocupo imaginando en qué podré convertirme.
Me estoy haciendo árbol.
Y no tomo atención.
Mi campo perceptual solo se reduce a un estimulo.

Y ¿qué será de mi mañana?
O ¿en un par de horas?
¿Y cuando desaparezca por meses?
¿Como estará todo?

A ratos odio el silencio estático
Y amo lo que no tengo.
Y pienso en ese amanecer que no está
Y en el agua que no llega.
Y en la hoja rosácea que nadie rescata.
Y pienso en el castaño,
Cuando arroja proyectiles
Que dañan los dedos.
Y en mi cigarro que no tengo.
Y en la mañana para no recordar.

Y en la poesía que no cesa.
Y se parece a la lluvia.

Suele suceder.

Hay días en que todo es poesía.
O ¿será que todo el tiempo todo es poesía y no lo se ver?
Yo no quiero ser un árbol todos los días.
Quiero serlo hoy.

Y me quiero ir.
Pero me persiguen.
Y se hace tarde.

ay, valdivia!


Esta lluvia no cesa.
¿Se dan cuenta que siempre tengo frío?
Caminar por la ciudad es castigar a mi memoria.
En este momento me doy cuenta de mi adicción a la nicotina.

Simplemente a veces, no se fingir.

Estoy triste,
Inevitablemente triste.
Y odio los aromas que no cesan.
Odio el viento que me acerca,
El río que se estanca,
Las miradas que no llegan,
El sonido lastimero de mi almohada matutina,
El color rojo,
Esas bocas hambrientas que se devoran,
El cristal perdido de esa voz opaca,
Odio perder en cada esquina que aparece.
Odio ser conciente de los recuerdos.
Odio la locura que parece un círculo encendido.

Frío, negro y lluvia.
Frío, rojo y viento.
Frío, silencio y amnesia.

Sueño.
Sueño.
Nicotina,
Sexo,
Frío.
Y sueño.
Y nada.
Y vacío.
Y espero.
Esperamos.

¡Ay valdivia!

no había desorden, entonces el mundo seguía siendo algo petrificado y establecido, un juego de elementos girando en sus goznes, una madeja de calles y árboles y nombres y meses. No había un desorden que abriera puertas al rescate, había solamente suciedad y miseria, vasos con restos de cerveza, medias en un rincón, una cama que olía a sexo y a pelo, una mujer que me pasaba su mano fina y transparente por los muslos, retardando la caricia que me arrancaría por un rato a esa vigilancia en pleno vacío. Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad.
Rayuela, J. Cortázar.


Los soldaditos de plomo mutilados, la lluvia, el espejo, el frío, knocking on heavens door, el libro, mis calcetines perdidos, diarios de semanas atrás, nostalgias varias, presión. El cigarro que explota. La vela que se consume. Mi taza de te intacta. Tres conversaciones abiertas. Una evitada. Y una deseada. Dos flores azules, una blanca y una roja. Mi bolso amarillo nuevo. Mi maleta semiabierta que me recuerda que debo regresar. Mil quinientas ideas sueltas. Fotos sin descargar. Memorias olvidadas. Más de 100 veces en la misma escena. Confesiones de invierno. Miles de especulaciones. Y no hay señales.

pedazos de infancia.

Entonces yo salía de la pieza con mis cachetes colorados, y mi cintillo blanco con mariposas. Traía conmigo siempre a la “Alicia”, mi muñeca preferida, que tenía un sombrero rosado y el “Andrés”, que era un muñeco con cuerpo de trapo y brazos y piernas de plástico. Enseguida escuchaba a mi papá gritar desde la cocina: “la princesa se echó un perfume”. Era verdad. Hurgueteaba constantemente el maquillaje y los perfumes de mamá. Jugaba, como toda niña de esa edad a ser grande. Pero lo que más me llamaba la atención no era precisamente los maquillajes, si no los perfumes. Que olían a flores frescas, a pasto, a mañana, a lluvia, a dulces, a mamá. Entonces, con el más absoluto sigilo, tomaba un papel del cuaderno de recetas de mamá y guardaba los perfumes en ellos, que entraban en mi colección de objetos preciados, que traía conmigo siempre. Durante todo el día andaba pendiente de mi tesoro. Y papá se daba cuenta, y alardeaba diciendo que había olor a “princesita descubierta”.

Después de 16 años, siento nuevamente aquél olor. El perfume regalado por mamá es tan igual al de esos tiempos, que es imposible no recordar. Esta vez, voy donde papá me acerco a él y husmea detectando algo. “detecto un olor, pero no lo se describir”. La memoria olfativa de papá es más frágil de lo que pensaba.

- Son orquídeas papá. Respondí un poco alterada.

- y cómo lo sabes?

- porque durante años he seguido este olor. Y cuando lo detecto, siempre aparece el mismo recuerdo intacto.

- pero no me has respondido como lo sabes.

- ah, porque camine por un campo de orquídeas y me sucedió lo mismo.

Mi abuela a los lejos, comenta diciendo “esta ve mas con la nariz que con los ojos, deberías avisparte un poco más, cualquier día te van a hacer lesa".